Ricardo
Talesnik - Escritor - Director teatral
Allí, en Libertad entre Corrientes y Lavalle, arriba del restorán
Edelweiss, viví desde los seis a los dieciséis años.
En ambas veredas estaban los "cambalaches", negocios de
compra y venta de artículos usados de todo tipo, desde ropa
y elementos de cocina, hasta instrumentos musicales y objetos decorativos.
Todos sus propietarios eran judíos. La gente del interior que
ya empezaba a venir masivamente a Buenos Aires habitaba en conventillos
y pensiones que existían en esa misma cuadra.
En esta plaza, en la del medio y en la que está frente a la
sinagoga, jugábamos a la pelota los rusos, los cabecitas, los
tanos, los gallegos y los turcos. La pluralidad era real. Podía
darse alguna cargada de tipo racial, pero la cosa no pasaba de ahí.
Eramos chicos jugando.
En ese colegio que está ahí enfrente, el Roca, hicimos
la primaria. Cantábamos el Himno, la Marcha de la Bandera,
la de San Lorenzo y recitábamos versos patrióticos con
emoción y fervor. En la hora de canto, todos justos entonábamos
la Zamba de Vargas y aquella vidalita "Llueve sobre el campo,
vidalitá, llueve en la ciudad..."
En las efemérides íbamos a ver los desfiles militares
y nos exaltábamos viendo pasar a las tropas y al final los
gloriosos granaderos a caballo. El paso de la bandera argentina nos
hacía cosquillas en el corazón, y nos llenaba de orgullo
y alegría.
En esa Argentina de mi infancia, un juez era alguien muy elevado,
sabio y justo.
El policía de la esquina nos ayudaba a cruzar la calle y cuidaba
el paso de las damas y los ancianos.
Los ladrones por lo general no mataban ni violaban. Un pequeño
asesinato que hoy pasaría desapercibido en la sección
policiales de cualquier diario, ocupaba las primeras planas con letras
tipo catástrofe.
La droga no existía como tema cotidiano. El horror, la guerra,
la violencia más cruel y brutal estaban lejos, allá
en Europa y Oriente.
Nosotros éramos el granero del mundo, se apoyaba la industria
nacional y acá uno podía hacerse la América.
Veíamos los dibujitos animados en el cine, y los noticiosos
sobre la guerra eran parte de la ficción que poblaba las pantallas
de los cines en Lavalle y en la calle Corrientes que nunca dormía
de noche.
No estaba la tele pero la radio reunía a la familia y nos divertía
o emocionaba con inocencia y candor.
El terrorismo asesino de cualquier signo, no existía en la
Argentina.
Hoy,
estoy en esta Plaza Lavalle para solidarizarme con quienes piden que
se haga justicia no sólo con los cómplices detenidos,
sino también con los más altos responsables locales
de los atentados a la AMIA y la Embajada israelí.
Acá atrás está el Palacio de Justicia, en el
mismo lugar que se encontraba cuando los rusos, los cabecitas, los
tanos, los gallegos y los turcos creíamos que Argentina era
un país de verdad, donde las cosas se hacían en serio,
la Justicia era sagrada, los delitos se pagaban, algún político
se suicidaba por razones éticas o idealistas y no existía
una delincuencia terrorista internacional que contara con la colaboración
de argentinos para matar a otros argentinos, judíos y no judíos.
Y también quiero recordar el reclamo de quienes piden que se
haga justicia con los responsables de otras tragedias no tan masivas
pero igualmente dolorosas e indignantes, desde la estatua que cayó
sobre una nena en el Paseo de la Infanta, pasando por el incendio
de la discoteca Khevis, los envenenados por emanaciones cloacales,
las víctimas de los homicidios en el tránsito y tantos
otros casos que están demorados, olvidados o con condenas ridículas
por lo leves o ya cumplidas por causa de vericuetos jurídicos
incomprensibles para quienes sufren la desaparición o invalidez
de sus seres queridos.
En los
últimos años, la frase pública favorita de todo
sospechado, imputado o procesado por corrupción es "Yo
confío en la Justicia". Por algo lo dicen.