Acto del lunes 25-12-2000

Ricardo Talesnik - Escritor - Director teatral


Allí, en Libertad entre Corrientes y Lavalle, arriba del restorán Edelweiss, viví desde los seis a los dieciséis años. En ambas veredas estaban los "cambalaches", negocios de compra y venta de artículos usados de todo tipo, desde ropa y elementos de cocina, hasta instrumentos musicales y objetos decorativos. Todos sus propietarios eran judíos. La gente del interior que ya empezaba a venir masivamente a Buenos Aires habitaba en conventillos y pensiones que existían en esa misma cuadra.
En esta plaza, en la del medio y en la que está frente a la sinagoga, jugábamos a la pelota los rusos, los cabecitas, los tanos, los gallegos y los turcos. La pluralidad era real. Podía darse alguna cargada de tipo racial, pero la cosa no pasaba de ahí.
Eramos chicos jugando.
En ese colegio que está ahí enfrente, el Roca, hicimos la primaria. Cantábamos el Himno, la Marcha de la Bandera, la de San Lorenzo y recitábamos versos patrióticos con emoción y fervor. En la hora de canto, todos justos entonábamos la Zamba de Vargas y aquella vidalita "Llueve sobre el campo, vidalitá, llueve en la ciudad..."
En las efemérides íbamos a ver los desfiles militares y nos exaltábamos viendo pasar a las tropas y al final los gloriosos granaderos a caballo. El paso de la bandera argentina nos hacía cosquillas en el corazón, y nos llenaba de orgullo y alegría.
En esa Argentina de mi infancia, un juez era alguien muy elevado, sabio y justo.
El policía de la esquina nos ayudaba a cruzar la calle y cuidaba el paso de las damas y los ancianos.
Los ladrones por lo general no mataban ni violaban. Un pequeño asesinato que hoy pasaría desapercibido en la sección policiales de cualquier diario, ocupaba las primeras planas con letras tipo catástrofe.
La droga no existía como tema cotidiano. El horror, la guerra, la violencia más cruel y brutal estaban lejos, allá en Europa y Oriente.
Nosotros éramos el granero del mundo, se apoyaba la industria nacional y acá uno podía hacerse la América.
Veíamos los dibujitos animados en el cine, y los noticiosos sobre la guerra eran parte de la ficción que poblaba las pantallas de los cines en Lavalle y en la calle Corrientes que nunca dormía de noche.
No estaba la tele pero la radio reunía a la familia y nos divertía o emocionaba con inocencia y candor.
El terrorismo asesino de cualquier signo, no existía en la Argentina.

Hoy, estoy en esta Plaza Lavalle para solidarizarme con quienes piden que se haga justicia no sólo con los cómplices detenidos, sino también con los más altos responsables locales de los atentados a la AMIA y la Embajada israelí.
Acá atrás está el Palacio de Justicia, en el mismo lugar que se encontraba cuando los rusos, los cabecitas, los tanos, los gallegos y los turcos creíamos que Argentina era un país de verdad, donde las cosas se hacían en serio, la Justicia era sagrada, los delitos se pagaban, algún político se suicidaba por razones éticas o idealistas y no existía una delincuencia terrorista internacional que contara con la colaboración de argentinos para matar a otros argentinos, judíos y no judíos.
Y también quiero recordar el reclamo de quienes piden que se haga justicia con los responsables de otras tragedias no tan masivas pero igualmente dolorosas e indignantes, desde la estatua que cayó sobre una nena en el Paseo de la Infanta, pasando por el incendio de la discoteca Khevis, los envenenados por emanaciones cloacales, las víctimas de los homicidios en el tránsito y tantos otros casos que están demorados, olvidados o con condenas ridículas por lo leves o ya cumplidas por causa de vericuetos jurídicos incomprensibles para quienes sufren la desaparición o invalidez de sus seres queridos.

En los últimos años, la frase pública favorita de todo sospechado, imputado o procesado por corrupción es "Yo confío en la Justicia". Por algo lo dicen.